La Defensa de Madrid 1936 1939, No pasarán, familias en La defensa de Madrid, Juan Antonio Gonzalez Carceles, Recuperacion de la memoria historica, guerra civil española, Los niños de la guerra, El Frente Madrid, alcalde madrid Cayetano Redondo Aceña Cesar Manuel Higinio Pedro Gonzalez Juarranz familia Carceles Conesa

La Represión de Franco

Testimonio de Juan Antonio González Cárceles

Ocupada la ciudad de Madrid y terminada la guerra, la dictadura se cebó en los vencidos; mi tío Manuel González Juarranz estuvo encarcelado en la Prisión Civil de Baza, Granada, desde el 29.3.1939 hasta el 3.12.1941; la lentitud de su procesamiento y la sobrecarga de las prisiones le permitió conseguir la libertad condicional justo el día anterior al que se recibió en Baza la orden de su traslado a Madrid. Se le declaró prófugo y se dio orden de su busca y captura. En la cárcel había conocido a Mariano Redondo y se refugió en su casa de Madrid; allí conocería a su hermana Julita, con la que se casaría años mas tarde. Después de unos años colaborando con la oposición al regimen en España, tuvo que huir a Francia con Mariano, que había salido de la cárcel de forma irregular burlando la burocracia carcelaria, ya que ambos eran buscados por la policía que estaba tras la Comisión Ejecutiva del PSOE. Tenían la misión de establecer un contacto firme con la organización en el exilio, acompañando al enlace oficial Rafael Robledo. Llegaron a Francia el 12.3.1945 (Nota 142 de La Primera Renovación, Intrahistoria del PSOE, Carlos y José Martínez Cobo, Plaza & Janes, 1989). Cuando a finales de abril de 1946 retornó a España, fue detenido al cruzar la frontera clandestinamente, estando nuevamente preso desde el 1.5.1946 hasta el 1.1.1947, salió nuevamente en libertad provisional pero aún pendiente de ser procesado y de ser enviado a realizar el servicio militar en el ejército de Franco. Tuvo que huir definitivamente a Francia el 30.4.1947 para empezar una nueva vida en Caracas, Venezuela, a donde llegó el 17.6.1948.

Lo acontecido en las cárcel de Baza merece atención especial, afortunadamente se ha conservado el texto escrito por Mariano Redondo sobre su cautiverio, primero en Baza, y luego en Granada, que ilustra la desgracia de la situación.

Mi tío Julián que había trabajado en la metalurgía de guerra fue enviado a África para realizar el servicio militar sin fecha de terminación. Una vez cumplido (pasados varios años) se exilió a Venezuela con mi tía Antonia González, hermana de Manuel.

A mis padres y mis otros tíos, que eran mas jóvenes y que fueron niños en la guerra, los llevó la Republica a Arbucias y después a Francia; finalmente regresaron para reconstruir unas vidas destrozadas, y ante la carencia de medios económicos de sus familias tuvieron que ponerse a trabajar inmediatamente de aprendices de algún oficio, cualquiera que fuese, al tiempo que intentaban empezar o acabar sus estudios, ya que la guerra había truncado todo.

Casi todos los objetos de recuerdo familiares, que pudieran resultar comprometidos, simplemente desaparecieron, excepto algunos ocultados, como los que mi padre Higinio González escondió en un doble fondo creado en su maleta de madera, cuando volvió desde Francia con 16 años, allí trajó algunos papeles, como los recuerdos del último diario de su hermano muerto en la defensa de Madrid y que habían recibido en Arbucias, enviados por sus padres desde Madrid.

Durante los años posteriores a la guerra se escondía casi toda la información que pudiera ser considerada "desafecta"; documentos que hoy resultarían impensables como objeto de sospecha, como por ejemplo el papel doblado que mi padre me enseñó muchos años después del Boletín de la Embajada de los Estados Unidos en el que se narraba el desembarco de Normandía en junio de 1944, y que fue ocultado ante el temor de ser denunciado por su posesión.

Mi educación fue la obligada por la época, con la continua apología del regimen dictatorial y basada en el temor y el castigo por pensar de otra manera. La censura en todos los ámbitos era total, mis padres silenciaron todas sus vivencias y yo no conocí mi historia familiar hasta mucho después.

Las mentiras impuestas que me tocó vivir no pudieron mantenerse por mucho tiempo; ya antes de entrar en la universidad en 1969, los estudiantes de bachillerato criticábamos abiertamente al régimen heredado, mientras en Francia se vivía el mayo del 68.

La universidad madrileña era entonces un residuo de libertad de opinión, allí conocí las ideologías aplastadas por el pensamiento del partido único del nacional sindicalismo; las ideas de la utopía comunista eran las mas extendidas en la Escuela de Arquitectura y a pesar de la dictadura, la mayoría de mis compañeros apoyaban los movimientos políticos contra Franco en mayor o menor medida. Quiero aquí recordar, aunque sólo sea una anecdota personal, que mi madre me apoyaba de tal modo que sin conocer ningún detalle aportaba 1.000pta cada mes, para costear los gastos mínimos que necesitaba mi grupo de trabajo para su organización y la propaganda clandestina.

En 1973 hice el servicio militar en el Sahara y conocí algunos movimientos de respuesta contra la disciplina militar bajo un severo régimen disciplinario; en África también estaban los tenientes y capitanes que por sus ideas habían sido discretamente desplazados; conocí de primera mano al frente de liberación Saharaui, el POLISARIO, y en 1974 envié a Madrid propaganda entre las tapas pegadas de un libro junto con material fotográfico con reproducciones de sus publicaciones; cuando me licencié le pasé mis contactos a José Taboada, hoy presidente de la Coordinadora Estatal de Asociaciones Solidarias con el Pueblo Saharaui.

A la vuelta a España la lucha contra el régimen de Franco era cada vez mas abierta y se corrían mas riesgos. En la preparación de la manifestación del 1 de mayo de 1975 fui detenido después de distribuir propaganda para manifestarse el día 1 contra el regimen por los buzones de las casas de San Fernando de Henares; no existía ninguna prueba contra mi excepto la suposición de que los cuatro estudiantes que estaban por lo alrededores podían haber sido sus autores, fuimos detenidos y torturados por el sargento Bienvenido, de la Guardia Civil, hasta arrancarnos y hacernos firmar declaraciones inculpatorias.

Al ser trasladados a los calabozos de la Puerta del Sol, nos hicieron un reconocimiento médico y las marcas físicas detectadas por la Policía Nacional fueron determinantes para que no prosiguieran los interrogatorios; después de dos días en los sótanos de Sol nos enviaron a las Salesas, al Tribunal de Orden Público número 2, que sobreseyó las acusaciones pero nos condenó a una multa de 200.000pta o dos meses de cárcel: Diligencias 2704/ 4.6.75 de la Brigada de Investigación Social sª 744/75.

En la cárcel de Carabanchel conocí a los presos de Comisiones Obreras del sumario 2.001: Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius, Fernando Soto... que cumplían condenas de 12 a 20 años.

Debo reconocer que aquellos dos meses no llegaron a ser muy duros ya que el contacto con aquella gente fue mucho mas gratificante que el castigo de la pérdida de libertad. A la salida, sin embargo, pensabas en los que quedaban, muchos con larguísimas penas por el único delito de decir en voz alta lo que pensaban.

 

Mi denuncia ante la Guardia Civil por malos tratos fue presentada por Jaime Satorius, primo de Nicolás.

El 22 de diciembre de 1975, sólo un mes después de la muerte de Franco, acudí con mucho temor al Juzgado Militar Permanente Nº6 para declarar en las Diligencias Previas 1.252/75 en mi "demanda por malos tratos".

En 1976, una vez comprobado que no tenía ninguna causa pendiente en el Tribunal de Orden Público se cancelaron mis antecedentes desfavorables y me devolvieron el pasaporte.

Hasta 1979 no se reanudó el procedimiento de mi demanda por torturas. En aquel momento el hecho de saber que no conseguiría nada ya que existía una amnistía general de octubre de 1977 que afectaba a mi denunciado, sumado al hecho de que tendría que ver a mi torturador ante un Tribunal Militar fue determinante y desistí de acudir.

La transición fue una época diferente aunque recuerdo el temor de los primeros años; en la noche del 23 de febrero de 1981, cuando Tejero estaba ocupando las Cortes y ante el miedo de que en Madrid se repitieran los sucesos de Valencia, muchos dormimos fuera de nuestro domicilio...

Poco a poco la sociedad ha ido cambiando, lo vivido en el siglo pasado forma parte del recuerdo y para muchos que no habían nacido no son mas que historias relatadas por los mayores y seguidas con poco interés; hoy quedan muy pocos de los testigos de la guerra, casi sólo los que entonces eran niños y escasísimos combatientes..., no debemos permitir que mueran sin poder ver un gesto mínimo de justicia por parte de la sociedad actual que debe tanto a tantas personas sin nombre.

En su memoria...